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Amarse a uno mismo. El mejor idilio para sanar las relaciones

Amarse a uno mismo. El mejor idilio para sanar las relaciones
31 enero, 2015 Rodrigo
Cómo quererse

 

La mejor y más bonita relación, empieza y termina con uno mismo. Desde esa relación de amor, respeto, confianza, compromiso y libertad, se pueden tener relaciones sanas, enriquecedoras, evolutivas, dinámicas y plenamente satisfactorias. Mientras no estemos enamorados de nosotros mismos, de nuestro ser en su globalidad, no estaremos capacitados para tener una relación equilibrada con otra persona. Puede que una relación de pareja nos de la oportunidad de conocernos y de crecer como personas, pero sólo si sabemos ver y aprovechar esa oportunidad. La mayor parte de la veces, lo que vemos son ofensas, traiciones, fracasos, mentiras, aburrimiento, o cualquier motivo que nos incite a romper la relación por considerar que nuestra pareja no cumple las expectativas que hemos depositado en ella consciente o inconscientemente, o que no nos merece la pena el esfuerzo que supone mantener el compromiso.

 Desde luego que podemos aprender a base de golpes, y las rupturas sentimentales son golpes de los buenos, pero no es la única forma de hacerlo. Comprometerse a tener una relación sana con uno mismo es una de esas otras formas.

 

No me estoy refiriendo a enamorarnos de nuestros ojos, nuestros cuerpos esculturales o a aceptar los kilos que nos sobran, a enamorarnos de nuestras capacidades intelectuales, de lo bien que nos expresamos, de lo claros que somos diciendo a los demás los fallos que tienen, o lo que les queremos. Una cosa es amarnos desde el punto de vista del ego, que ve siempre las diferencias entre unos y otros ; y otra es entender que todos somos lo mismo y no necesitamos compararnos con nadie. Amándonos desde ese lugar en el que entendemos que la mejora y el trabajo de nuestra persona, beneficia a toda la Humanidad.Amarse a uno mismo. El mejor idilio para sanar las relaciones.

 Cuando vivimos comprometidos con nosotros mismos, adquirimos una responsabilidad hacia lo que somos, que repercute en los demás. El compromiso de amor sincero e incondicional a nuestra persona implica para empezar, respetar y cuidar el cuerpo que nos sirve de vehículo. Todos sabemos lo que beneficia y perjudica a nuestro organismo; cualquier cosa que implique su deterioro implica una falta de amor y respeto hacia uno mismo. Facilísimo, no caben las justificaciones. Hacer ejercicio, cuidar la alimentación de forma consciente, descansar las horas necesarias, no someternos a períodos prolongados de estrés. Para los que vivan en los extremos, esto no significa poder atiborrarse un día o un mes a comida basura o alcohol. Hay vida entre el negro y el blanco… Simplemente, a modo de guía se puede decir que cuando uno se respeta y ama, ni fuma, ni bebe alcohol regularmente, está en su peso justo, cuida bien de descansar lo que necesita y evita el abuso continuado de actividades estresantes. Esto es amarse y respetarse. Si pesamos 120 kilos, nos podemos aceptar pero no amarnos pues los kilos muestran una conducta destructiva de lo que somos, y estas conductas no se aman, tan sólo se pueden llegar aceptar.

 

Otro aspecto de la gente que se quiere, es que se conoce de forma global, no sólo los trozos que interesan. El amor sin duda tiene una parte de aceptación, es sano aceptar los efectos de nuestras conductas destructivas, pero no éstas. Ese es uno de los errores que cometemos normalmente, aceptar algo de nosotros que no nos gusta, y no buscar el origen real de la conducta que lo provoca. Por ejemplo, el sobrepeso supone tener un aspecto que no encaja actualmente en los cánones de belleza estandarizada, lo que implica de entrada, un rechazo, además de someter a nuestros órganos, huesos, músculos, etcétera a un esfuerzo añadido, que se refleja en una peor salud y por tanto, una limitación para vivir una vida plena. Todo esto lo podemos aceptar, lo que no hacemos es preguntarnos por qué necesitamos esa limitación para vivir. Ese desinterés en averiguar el origen real de nuestro sobrepeso, es la falta de amor hacia nosotros. Si además de desear querernos con nuestros kilos de más, nos ponemos a trabajar en su origen y una vez descubierto, buscamos la solución, entonces nos empezamos a amar de una forma completa, y ese amor y respeto por nuestro ser, genera una forma de pensar que cambia nuestros hábitos de alimentación y ejercicio. Idea fácil de entender, difícil de querer aceptar. ¿A qué sí?Amarse a uno mismo. El mejor idilio para sanar las relaciones.

 

Amarse, es tener una relación con todo nuestro ser y en nuestro ser caben la bondad y la maldad, la honradez y la mezquindad, la sinceridad y la mentira, el afecto y odio, el valor y la cobardía, la inteligencia y la necedad, el conocimiento y la ignorancia, la humildad y la soberbia, la madurez y la inmadurez…

 

Todos somos todo eso, y es algo precioso; aunque de una parte nos sentimos orgullosos y la mostramos con orgullo, y la otra la rechazamos, obviamos y escondemos con miedo. Muchas veces son los demás los que nos muestran aspectos positivos que no vemos en nosotros. Así, nos podemos sorprender si un amigo nos dice que somos buenos oradores por ejemplo, cuando pensamos que nos cuesta expresarnos con fluidez. En el caso de que nos hagan saber algo negativo, pueden ocurrir dos cosas. Una es que tengamos la suficiente decencia como para no negarla y la aceptamos por mal que nos siente; pero nos quedamos ahí y nos decimos a nosotros y a los demás, que somos así y santas pascuas. “Si te gusta bien y si no también”. Otra opción es negar con rotundidad esa parte; entonces nos sentimos ofendidos y atacamos al incauto que ha tenido el valor de ponerlos delante una verdad que no queremos ni ver.

 

Nos amamos cuando elegimos ser conscientes de TODO lo que somos, para tenerlo integrado en nuestro ser. Integrado es iluminado por el conocimiento, pues sólo cuando sabemos que está ahí esa parte de la que nos avergonzamos, podemos tener control sobre ella y no dejar que se manifieste la actitud, la palabra o el pensamiento que origina. Dicho de otro modo, sólo cuando sabemos que podemos ser odiosos y sabemos qué nos hace serlo, podemos elegir conscientemente no serlo. Sólo cuando conocemos el motivo de nuestra cobardía, podemos ejercer control sobre ella y ser valientes.

 

Algo que caracteriza a las personas que se quieren, es lo que les permite tener relaciones sentimentales sanas. Han entendido que no necesitan a otra persona para cubrir sus carencias. No precisan de alguien que les esté alabando y recordando lo guapas, simpáticas, divertidas y hábiles que son. No buscan a alguien que comparta sus inseguridades, para así sentirse seguros. No generan una relación de dependencia emocional de alguien que necesita a su vez que los demás sean dependientes, para sentirse seguro.

 Las personas que se quieren, conocen sus inseguridades y viven sin ocultarlas. Las comparten sin miedo, en relaciones con un ser igualmente honesto. Esto da lugar a una relación satisfactoria y llena de aprendizaje, respeto, compañerismo, pasión y compromiso. Es decir, amor de verdad, no del de las canciones de: Me-muero-si-no-estás-a-mi-lado-porque-me-falta-el-aire-de-tanto-como-te-quiero… Juntas, estas personas pueden crecer y evolucionar individualmente, al tiempo que crece y madura la relación. Esto la hace dinámica, estimulante y plena, como es el amor. No necesitan buscar estímulos fuera de la pareja, pues ésta les aporta lo necesario para vivir estimulados. Las dificultades se enfrentan conjuntamente de una manera creativa, y siempre suponen un aprendizaje que aportan a su vida.

 

Amarse a uno mismo. El mejor idilio para sanar las relaciones.Otra característica de quienes se quieren, es que dedican tiempo y esfuerzo a averiguar qué han venido a hacer aquí, y cómo pueden servir a la Humanidad, empezando por su entorno más inmediato. Se preocupan en encontrar y desarrollar el propósito de sus vidas, y regalarlo a los demás. Lo logran porque estudian sus habilidades naturales, y las trabajan con gusto. Saben qué les gusta hacer, lo respetan y disfrutan con ello. Esto les provoca una gran satisfacción que hace a su vez, que sean percibidas por los demás como personas muy atractivas. Pues todos somos capaces de percibir la felicidad que transmite aquel, que vive con la sensación de estar haciendo lo que uno desea hacer, en el lugar donde desea hacerlo.

 

Estos individuos no son miembros de una raza especial y superior. Todos tenemos la posibilidad de vivir como ellos, es una cuestión de querer conocerse, y saber ver en las circunstancias que vive cada uno, la oportunidad para aprender lo que cada uno puede aprender de ellas, al tiempo que comparte sus talentos y habilidades. El gran lastre que nos encontramos, es la tendencia aprendida a comparar nuestras oportunidades con las de otros, que curiosamente, son siempre más atractivas que las nuestras. Simplemente hacer esto tan tonto, nos desanima y ayuda a que aceptemos lo que no nos gusta. O lo que es lo mismo, elegimos la comparación, como herramienta de anclaje a una realidad que no queremos cambiar aunque se nos llene la boca diciendo que sí. Estamos aquí un tiempo determinado, y las oportunidades un día se acaban, perder ese tiempo comparándonos con otros no es algo que hacen los que se quieren y respetan.

 Las personas que antes de tener una relación sentimental con otros, quieren vivir enamorados de sí mismos, tienen mucho camino hecho. Como decía Aristóteles, “No hay camino a la felicidad, la felicidad es el camino”. Pues ese camino se hace más fácil cuando la persona que nos acompaña desde el mismo comienzo hasta el final, nos cae bien y la queremos. Esa persona que somos.

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